Dios nos creó, varones y
hembras;
la diferenciación de los sexos fue una característica esencial
de nuestra existencia premortal.
Todo Santo de los Últimos Días sabe que Dios ha prohibido todas las
relaciones sexuales fuera de los vínculos del matrimonio. Asimismo, la
mayoría de nosotros estamos familiarizados con la enseñanza del Salvador de
que un hombre peca cuando mira a una mujer para codiciarla (véase Mateo
5:28; D. y C. 42:23; 63:16).
El Creador instituyó la atracción entre el hombre y la mujer para asegurar
la perpetuación de la vida mortal así como la unión entre marido y mujer en
el marco familiar que Él prescribió para el logro de Sus propósitos, incluso
la crianza de los hijos. Por el contrario, el desviarse de los mandamientos
de Dios en lo que respecta al uso de los poderes procreadores es un grave
pecado. El presidente Joseph F. Smith enseñó:
"La unión sexual es lícita en el matrimonio, y si se participa en ella con
recta intención, es honorable y santificadora; pero fuera de los vínculos
del matrimonio, el acto sexual es un pecado degradante, abominable a la
vista de Dios".1
Algunos Santos de los Últimos Días tienen que hacer frente a la confusión y
al dolor que son el resultado del que un hombre o una mujer tome parte en un
acto sexual con una persona del mismo sexo, o incluso del que una persona
tenga sentimientos eróticos que podrían llevar hacia tal comportamiento. ¿En
qué forma deben reaccionar los líderes de la Iglesia, los padres y los demás
miembros de la Iglesia cuando se encuentren frente a frente con los retos
religiosos, emocionales y familiares que acompañan a tal comportamiento o
sentimientos? ¿Qué le decimos al joven o a la señorita que nos revela que se
siente atraído[a] o que tiene pensamientos o sentimientos eróticos hacia
personas del mismo sexo? ¿En qué forma debemos responder cuando una persona
nos dice que es homosexual o lesbiana y que la evidencia científica "prueba"
que él o ella "nacieron así"? ¿Cómo debemos reaccionar cuando personas que
no tienen nuestras mismas creencias religiosas nos acusan de ser
intolerantes o despiadados porque afirmamos que los sentimientos eróticos
hacia una persona del mismo sexo son anormales y que cualquier conducta
sexual de esa naturaleza es pecado?
DOCTRINAS DEL EVANGELIO
La actitud que tengamos hacia esas preguntas la prescriben las doctrinas del
evangelio que sabemos son verdaderas.
1. Dios nos creó "varón y hembra" (D. y C. 20:18; Moisés 2:27; Génesis
1:27). La diferenciación de los sexos fue una característica esencial de
nuestra existencia premortal.2
2. El objetivo de la vida terrenal y de la misión de La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es preparar a los hijos y a las
hijas de Dios para su destino: llegar a ser como nuestros Padres Celestiales.
3. Nuestro destino eterno ---la exaltación en el reino celestial--- se logra
únicamente mediante la expiación de Jesucristo (mediante la cual llegamos a
quedar de nuevo "inocentes" y podemos permanecer "inocente[s] delante de
Dios" [D. y C. 93:38]) y está únicamente al alcance del hombre y de la mujer
que hayan concertado los convenios del matrimonio eterno en un templo de
Dios (véase D. y C. 131:1--4; 132) y hayan sido fieles a ellos.
4. Mediante el plan misericordioso de nuestro Padre Celestial, las personas
que tengan el deseo de hacer lo correcto, pero que, sin que tengan ninguna
culpa de ello, no puedan tener un matrimonio eterno en la vida terrenal,
tendrán la oportunidad de hacerse acreedores de la vida eterna después de
esta vida si guardan los mandamientos de Dios y son fieles tanto a los
convenios bautismales como a los demás convenios.3
5. Además del efecto purificador de la Expiación, Dios nos ha dado el
albedrío: el poder de elegir entre lo bueno (el sendero de la vida) y lo
malo (el sendero de la muerte espiritual y la destrucción [véase 2 Nefi
2:27; Moisés 4:3]). A pesar de que las circunstancias de la vida terrenal
pueden limitar nuestra libertad (tales como restringir la manera de
movilizarnos o el poder para actuar en ciertos casos), cuando llegamos a la
edad o la etapa de responsabilidad (véase Moroni 8:5--12; D. y C. 68:27;
101:78), ningún poder terrenal o espiritual puede despojarnos de nuestro
albedrío.
6. Con el fin de lograr una de las finalidades de la vida terrenal, es
esencial que seamos probados, que nos enfrentemos con la oposición para ver
si guardaremos los mandamientos de Dios (véase 2 Nefi 2:11; Abraham
3:25--26). Con el fin de proporcionarnos esa oposición, a Satanás y a sus
seguidores se les permite que nos tienten a utilizar nuestro albedrío y
nuestra libertad para elegir lo malo y pecar.
7. Ya que Satanás "busca que todos los hombres sean miserables como él" (2
Nefi 2:27), él dirige sus esfuerzos más tenaces hacia su tarea de animar a
las personas a que realicen actos que frustren el plan que Dios tiene para
Sus hijos. Él trata de socavar el principio de la responsabilidad
individual, de persuadirnos a abusar de los poderes sagrados de la
procreación, de que los hombres y las mujeres dignos no se casen ni tengan
hijos, y de sembrar la confusión en cuanto a lo que significa ser varón o
hembra.
8. En todo ello, el diablo, que no tiene cuerpo, trata de persuadir a los
mortales para que corrompan sus cuerpos "esco[giendo] la muerte eterna según
el deseo de la carne... que da al espíritu del diablo el poder de cautivar,
de hundir[los] en el infierno, a fin de poder reinar sobre [ellos] en su
propio reino" (2 Nefi 2:29).
9. La Primera Presidencia ha declarado que "existe una diferencia entre
pensamientos y sentimientos inmorales y el participar en comportamientos
tanto heterosexuales como homosexuales".4 A pesar de que los pensamientos
inmorales son menos serios que el comportamiento inmoral, es preciso que
resistamos esos pensamientos y que nos arrepintamos de ellos, porque sabemos
que "nuestros pensamientos también nos condenarán" (Alma 12:14). Los
pensamientos inmorales (y los sentimientos de menor consecuencia que
conducen a ellos) pueden resultar en un comportamiento pecaminoso.
10. Debido al gran amor que Dios tiene para Sus hijos, aun a los peores
pecadores (o a casi la mayoría de ellos) al final se les recompensará con
una asignación a un reino de gloria.5 Las personas que hayan vivido una vida
justa y hayan recibido la mayoría de las ordenanzas de salvación pero que no
reúnan los requisitos para recibir la exaltación mediante el matrimonio
eterno, serán salvas en un lugar menor en el reino celestial en el que no
hay aumento eterno (véase D. y C. 131:1--4).
11. En medio de los retos y las decisiones de la vida terrenal, todos
estamos sujetos al mandamiento del Salvador de "am[arnos] unos a otros"
(Juan 15:12, 17). La Primera Presidencia declaró recientemente:
"Se nos pide que seamos más bondadosos los unos con los otros, más corteses
y que estemos más dispuestos a perdonar; se nos pide que seamos más lentos
para la ira y que estemos más prontos para ayudar; se nos pide que
extendamos la mano de amistad y que detengamos la mano del castigo. Se nos
exhorta a ser verdaderos discípulos de Cristo, a amarnos unos a otros con
verdadera compasión, porque es así como Cristo nos amó a nosotros".6
La bondad, la compasión y el amor son poderosos instrumentos que nos
fortalecen para llevar las pesadas cargas que, sin culpa nuestra, se nos
hayan impuesto, y para hacer lo que sabemos es lo correcto.
LA APLICACIÓN DE LAS DOCTRINAS Y DE LAS RESPONSABILIDADES
Estas doctrinas, mandamientos y responsabilidades nos sirven de guía para
dar respuesta a las preguntas que previamente se han mencionado en este
artículo.
Obviamente, nuestras doctrinas censuran a aquellos que cometen actos de
violencia, físicos o verbales, en contra de aquellas personas que se piensa
que participan en un comportamiento homosexual o lesbiano.
Debemos brindar compasión a las personas que padezcan enfermedades, incluso
a las que estén infectadas con el VIH o que estén enfermas de SIDA (ya sea
que la hayan contraído o no a través de relaciones sexuales). A esas
personas les debemos extender la invitación a participar en las actividades
de la Iglesia.
Al aplicar la distinción que hace la Primera Presidencia al asunto de las
relaciones entre personas del mismo sexo, debemos diferenciar entre (1) "pensamientos
y sentimientos" homosexuales (o lesbianos), los cuales se deben resistir y
llevar por otro camino, y (2) "los actos homosexuales" (lo cual es un pecado
serio).
Debemos destacar que las palabras homosexual, lesbiana y afeminado son
adjetivos que describen pensamientos, sentimientos o comportamientos
particulares. Debemos evitar el emplear estas palabras como sustantivos para
señalar características particulares o personas específicas; nuestra
doctrina religiosa impone este uso.
No está bien usar esas palabras para indicar un estado, ya que esto implica
que una persona es destinada, desde el nacimiento, a una circunstancia en la
que no tiene voz en lo que respecta al asunto tan sumamente importante del
comportamiento sexual.
Los sentimientos son otra cosa; algunos parecen ser innatos mientras que
otros resultan de las experiencias mortales. Además, algunos sentimientos
son el resultado de una compleja interacción de la naturaleza y de que se
fomenten esos sentimientos. Todos experimentamos algunos sentimientos que
nosotros no elegimos, pero el Evangelio de Jesucristo nos enseña que, no
obstante, tenemos el poder para resistir y reformar nuestros sentimientos (según
sea necesario) para garantizar que no nos lleven a abrigar pensamientos
indebidos o a participar en un comportamiento pecaminoso.
Las personas poseen características físicas y puntos susceptibles diferentes
a las diversas presiones físicas y emocionales que tal vez afronten en su
entorno tanto en la niñez como en la edad adulta. Nosotros tampoco elegimos
esos puntos susceptibles personales, pero sí elegimos las actitudes,
prioridades, comportamiento y estilo de vida que les adjudiquemos, y
tendremos que dar cuenta de ellos.
La diferencia que existe entre nuestra libertad y nuestro albedrío es
esencial para nuestra posición doctrinal en estos asuntos. Las diversas
circunstancias de la vida terrenal pueden poner un límite a nuestra libertad,
pero las fuerzas externas no pueden limitar el don de Dios del albedrío, ya
que en él se basa la forma en que tendremos que responder ante Él. El
contraste que existe entre la libertad y el albedrío se puede ilustrar en el
contexto de un progreso hipotético de sentimientos, a pensamientos, a
comportamiento, a adicción. Este tipo de progreso se puede apreciar mejor en
una variedad de asuntos, tales como los juegos de azar y el uso del tabaco y
del alcohol.
Del mismo modo que algunas personas tienen sentimientos diferentes de los
demás, algunas parecen ser excepcionalmente más susceptibles a ciertas
acciones, reacciones o adicciones. Tal vez esos puntos susceptibles sean
innatos o se adquieran sin que sea la elección o la culpa de la persona, tal
como la enfermedad desconocida a la que el apóstol Pablo se refirió como "un
aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me
enaltezca sobremanera" (2 Corintios 12:7). Una persona quizás tenga una
predisposición a los juegos de azar, pero, a diferencia de aquellas que sólo
tienen un interés pasajero por el juego, se convierte en un jugador
empedernido. A otra persona tal vez le guste el tabaco y sea susceptible a
volverse adicta al mismo; otra quizás sienta una fuerte atracción hacia el
alcohol y sea vulnerable a convertirse rápidamente en una alcohólica. Otros
ejemplos podrían incluir el carácter violento, un espíritu contencioso, una
actitud codiciosa, etc.
En cada caso (y en otros que se podrían mencionar), los sentimientos y las
demás características que aumentan la vulnerabilidad a cierto comportamiento
quizás tengan alguna relación con lo hereditario. Pero esa relación
probablemente sea muy compleja. El factor hereditario tal vez no sea nada
más que una mayor probabilidad de que la persona adquiera ciertos
sentimientos si le salen al paso influencias particulares durante los años
formativos. Pero a pesar de nuestros diferentes puntos de susceptibilidad o
vulnerabilidad, que representan solamente las variaciones en nuestra
libertad mortal (en la tierra sólo somos "libres según la carne" [2 Nefi
2:27]), seguimos siendo responsables del ejercicio de nuestro albedrío,
tanto en los pensamientos que abriguemos como en el comportamiento que
elijamos. En un discurso que pronuncié hace varios años en la Universidad
Brigham Young analicé este punto:
"La mayoría de nosotros nacemos con (o desarrollamos) aguijones en la carne,
algunos de ellos más visibles y más graves que otros. Todos parecemos ser
propensos a un trastorno u otro, pero cualesquiera sean estos puntos
susceptibles, poseemos la voluntad y el poder para dominar nuestros
pensamientos y acciones. Esto debe ser así. Dios ha declarado que nos hará
responsables de lo que hagamos y de lo que pensemos, de modo que debemos
elevar las riendas de nuestros pensamientos y de nuestras acciones mediante
el ejercicio de nuestro albedrío. Una vez que hayamos llegado a la edad o a
la etapa de responsabilidad, la afirmación ‘es que así nací’ no sirve para
excusar nuestras acciones o pensamientos que no estén en conformidad con los
mandamientos de Dios. Debemos aprender a vivir de tal manera que una
debilidad mortal no nos impida lograr la meta que es eterna.
"Dios ha prometido que consagrará nuestras aflicciones para nuestro provecho
(véase 2 Nefi 2:2). Los esfuerzos que hagamos por tratar de superar
cualquier debilidad hereditaria [o adquirida] nos infundirán una fortaleza
espiritual que nos acompañará a través de la eternidad. Por eso, cuando
Pablo oró tres veces para que le fuese quitado el ‘aguijón en [la] carne’,
el Señor le contestó: ‘Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en
la debilidad’ (2 Corintios 12:9). Obediente, Pablo concluyó diciendo:
"‘...Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para
que repose sobre mí el poder de Cristo.
"‘Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en
necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte’ (2 Corintios 12:9--10).
"Cualesquiera sean nuestras tendencias o sentimientos, éstos no nos pueden
subyugar a las consecuencias eternas a menos que ejercitemos nuestro libre
albedrío para hacer o pensar las cosas que estén prohibidas por los
mandamientos de Dios. Por ejemplo, el ser propensos al alcoholismo menoscaba
la libertad de la víctima de participar del alcohol sin volverse adicta al
mismo, pero su libre albedrío le permite abstenerse y de ese modo escapar de
la debilidad física producida por el alcohol, así como de la deterioración
espiritual de la adicción.
"...Cuidémonos del argumento de que por motivo de que una persona
experimente fuertes impulsos hacia un acto en particular, no posee el poder
de elección y que, por tanto, no es responsable de sus actos. Esta
afirmación se opone diametralmente a las aserciones más fundamentales del
Evangelio de Jesucristo.
"Satanás desea hacernos creer que no somos responsables en esta vida, lo
cual es lo que trató de lograr mediante su oposición en la existencia
preterrenal. La persona que insiste en que no es responsable del ejercicio
de su libre albedrío debido a que ‘nació así’, trata de hacer caso omiso del
resultado de la guerra que hubo en los cielos. Sí somos responsables de
nuestros actos, y, si afirmamos lo contrario, nuestras tentativas no vienen
a ser más que parte de las tentativas del adversario.
"La responsabilidad individual es una ley de la vida; se aplica tanto en la
ley de los hombres como en la ley de Dios. La sociedad espera que la gente
sea responsable de dominar sus impulsos a fin de que podamos vivir en una
sociedad civilizada. Dios espera que Sus hijos sean responsables de
controlar sus impulsos a fin de que guarden Sus mandamientos y logren su
destino eterno. La ley no justifica al hombre impaciente que se entrega a su
impulso de dispararle al que le colma la paciencia, ni al avaro que cede al
ímpetu de robar, ni al perverso que cede al impulso de satisfacer sus
apetitos sexuales con los niños...
"Es bastante lo que desconocemos en cuanto al grado de libertad que tenemos
en vista de los diversos aguijones en la carne que nos afligen en la vida
terrenal; pero, de esto estamos seguros: todos tenemos nuestro libre
albedrío y Dios nos hará responsables de la forma en que lo utilicemos en
nuestros pensamientos y acciones. Eso es fundamental."7
LAS PERSPECTIVAS DE LA CIENCIA
A diferencia de nuestro punto de vista doctrinal, muchas personas enfocan
los problemas de la atracción entre personas del mismo sexo puramente desde
el punto de vista de la ciencia actual. A pesar de que reconozco que no
poseo la idoneidad de un científico, con la ayuda de las publicaciones
científicas, así como del asesoramiento de científicos y de profesionales
competentes, intentaré rebatir la aseveración de las personas que afirman
que los descubrimientos científicos prueban que los que se consideran
homosexuales y lesbianas "nacieron así".
Vivimos en una época en la que se están realizando aceleradamente nuevos
descubrimientos científicos en lo que respecta al cuerpo humano; sabemos que
las características hereditarias esclarecen muchas de las características
físicas que poseemos. Al mismo tiempo, sabemos que los factores
psicosociales, como las relaciones entre padres e hijos y entre hermanos (especialmente
durante los años formativos), y la cultura en la que vivimos, influyen
profundamente en nuestro comportamiento. La controversia en cuanto a si ---o
hasta qué grado--- cierto comportamiento es consecuencia de la "naturaleza"
o de la "práctica" del mismo, es sumamente antigua. Su aplicación al tema de
los sentimientos y el comportamiento con personas del mismo sexo es sólo una
manifestación de un tema más complejo en el que el conocimiento científico
aún está en su infancia.
Algunos científicos niegan que el comportamiento tenga nada que ver con las
influencias genéticas;8 otros, apoyan la evidencia o las teorías que indican
que "existe suficiente evidencia respecto a la influencia genética en la
orientación sexual".9
Nosotros, naturalmente, reconocemos que existen evidencias de que factores
hereditarios justifican la predisposición a ciertas enfermedades, como
algunas clases de cáncer y otros padecimientos tales como la diabetes
mellitus. Existen teorías y algunas evidencias de que el aspecto hereditario
es un factor que tiene que ver con la predisposición a diversos trastornos
relacionados con el comportamiento, como por ejemplo, la agresión, el
alcoholismo y la obesidad. Es fácil generar una hipótesis de que el aspecto
hereditario desempeñe una función en la orientación sexual de la persona.
Sin embargo, es importante tener presente, como lo reconocen dos autoridades
en la materia que apoyan este planteamiento, que el que una persona quizás
nazca con ciertas características debido a que su padre o su madre las hayan
tenido, no significa que esa persona las tenga también. Es probable que la
mayoría de las características deriven de aquello con lo que se nace así
como del ambiente en el que se vive.10
Cualquiera que sea la opinión de los científicos en cuanto a la aceptación
completa o al rechazo total de la noción de que el aspecto hereditario tenga
que ver con el hecho de que una persona sea homosexual, la mayoría de la
gente está de acuerdo en que no existe suficiente evidencia hoy día para
respaldar ninguna de esas opiniones y en que se deberán llevar a cabo
estudios científicos adicionales antes de que se llegue a una conclusión al
respecto.
Un estudio de 56 pares de gemelos varones idénticos en el que uno de cada
par se clasificaba él mismo como "homosexual" reveló que el 52 por ciento de
sus compañeros gemelos también se clasificaban ellos mismos como
homosexuales.11 Un estudio similar de gemelas idénticas reveló
aproximadamente la misma proporción de compañeras gemelas que se
clasificaban ellas mismas como lesbianas (34 de 71 pares, o sea, 48 por
ciento).12 Si estos estudios demuestran alguna influencia hereditaria en lo
que impulse a un hombre o a una mujer a clasificarse a sí mismo[a] como
homosexual o lesbiana, es obvio que esa influencia no es conclusiva.
Un destacado científico hizo la siguiente observación: "Aun el gemelo
idéntico de un hombre homosexual tiene un 50 por ciento o más de
probabilidades de ser heterosexual, a pesar de que lleve los mismos genes y
sea criado por los mismos padres".13 Debemos recalcar que los resultados de
esos estudios (y de otros que se describen más adelante) se basan en la
forma en que los participantes eligieron clasificarse a sí mismos, lo cual
constituye una base incierta para las conclusiones científicas, ya que "entre
los médicos y los científicos encargados del estudio del comportamiento
humano aún no existe una definición universalmente aceptada de la
homosexualidad, y mucho menos un consenso en lo que concierne a sus orígenes".14
En cualquier campo nuevo de estudio, siempre se da la bienvenida a una nueva
fuente de evidencia. En julio de 1993, el Dr. Dean Hamer adquirió fama
internacional cuando anunció que había descubierto "una correlación
estadísticamente importante entre la herencia de marcadores genéticos [una
tira identificable de ADN] en la región cromosomal Xq28 y la orientación
sexual entre un grupo selecto de... hombres homosexuales y sus familiares
mayores de 18 años". En otras palabras, "parecería que Xq28 contiene un gen
que contribuye a la orientación homosexual en los varones".15 Con el fin de
imponerle la interpretación más precisa a su descubrimiento, el Dr. Hamer
concluye en un libro subsiguiente:
"Únicamente podemos hacer los mejores cálculos en cuanto a la importancia
que la región cromosomal Xq28 tiene en la población masculina en general.
Por el lado más positivo, esa región simplemente no podría influir en más de
un 67 por ciento de los hombres homosexuales, o sea, la proporción que se
‘vincula’ a esa región en nuestro selectísimo grupo de hermanos homosexuales.
Por el lado menos positivo, si gran parte de la homosexualidad fuera el
resultado de factores ambientales, o de un número considerable de genes
entre los que existe una influencia recíproca, Xq28 únicamente sería
responsable de un bajo porcentaje en la variación de la orientación sexual
masculina. El punto medio, obtenido de la información referente a este tema,
y de los estudios disponibles llevados a cabo en gemelos y familias, indican
que la región Xq28 influye en aproximadamente de un 5 a un 30 por ciento de
hombres homosexuales. La extensa fluctuación de estos cálculos es prueba de
que todavía hay mucho por hacer".16
"Aproximadamente de un 5 a un 30 por ciento" de hombres que se clasifican a
sí mismos como "homosexuales" por cierto no justifica la aseveración de que
la ciencia ha demostrado que la "homosexualidad" sea "resultado" de la
herencia genética. Un eminente científico señaló dos de las incertidumbres:
"La evidencia que hasta ahora existe de que las características biológicas
innatas son el fundamento de la homosexualidad es errónea... La confirmación
de la investigación genética que pretende mostrar que la homosexualidad es
hereditaria no aclara lo que es hereditario ni la forma en que influye en la
orientación sexual".17
Al llevar a cabo una evaluación de las teorías biológicas sobre la
orientación sexual humana, los doctores Byne y Parsons, del Departamento de
Psiquiatría de la Universidad Columbia (Estados Unidos), presentan estas
importantes precauciones y sugerencias:
"Es imperioso que los médicos y los científicos que laboran en el campo del
comportamiento humano empiecen a comprender las complejidades de la
orientación sexual y resistan el deseo de buscar explicaciones simples, ya
sean éstas psicológicas o biológicas.
"En la mayoría de las teorías sobre los comienzos de la orientación sexual,
es notable que no se mencione la activa función que desempeña la persona en
el establecimiento de su identidad... Nosotros optamos por una en la cual
los genes o las hormonas no dictan la orientación sexual en sí, sino que
favorecen ciertas características de la personalidad, influyendo así en la
forma en que una persona y su entorno ejercen una influencia recíproca entre
sí a medida que la orientación sexual y otras características de la
personalidad se empiezan a desarrollar".18
Esta observación, que no es más que una de las muchas indicaciones que han
hecho los científicos, es particularmente convincente, ya que tiene en
cuenta el elemento vital de la elección individual, que sabemos es un
principio verdadero de nuestro estado mortal.
LA RESPONSABILIDAD DE LOS OFICIALES Y DE LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA
En la carta de fecha 14 de noviembre de 1991 concerniente a la importancia
de la ley de castidad, la Primera Presidencia declaró: "Las relaciones
sexuales son apropiadas sólo dentro de los lazos del matrimonio entre marido
y mujer. Cualquier otra conducta sexual como la fornicación, el adulterio, o
el comportamiento homosexual o lesbiano, es pecaminosa".
Con el fin de observar esas instrucciones, los oficiales de la Iglesia
tienen la responsabilidad de llamar a los transgresores al arrepentimiento y
recordarles el principio que el profeta Samuel enseñó a los perversos
nefitas: "...todos los días de vuestra vida habéis procurado aquello que no
podíais obtener, y habéis buscado la felicidad cometiendo iniquidades, lo
cual es contrario a la naturaleza de esa justicia que existe en nuestro gran
y Eterno Caudillo" (Helamán 13:38).
Una persona no puede continuar cometiendo pecados serios y seguir siendo
miembro de la Iglesia, y, además, se administrarán medidas disciplinarias a
los que induzcan a otros a pecar. En la Iglesia no se aplican medidas
disciplinarias por pensamientos o sentimientos indebidos (aunque se insta a
apartarlos, para desterrarlos), pero debe haber consecuencias por el
comportamiento. En el mismo sermón en el que enseñó que a los hombres no se
les debía "echar fuera", el Salvador mandó a Sus siervos: "...no permitáis
que ninguno a sabiendas participe indignamente de mi carne y de mi sangre...
por tanto, si sabéis que un hombre no es digno... se lo prohibiréis" (3 Nefi
18:28--29). El Salvador también mandó: "Pero si no se arrepiente, no será
contado entre los de mi pueblo, a fin de que no destruya a mi pueblo" (versículo
31; véase también Mosíah 26:36; Alma 5:56--61). Por consiguiente, si los
transgresores no dan oído al llamado al arrepentimiento, los pastores del
rebaño de la Iglesia deberán tomar las medidas disciplinarias que
correspondan a fin de cumplir con sus responsabilidades divinas.
Al mismo tiempo, debemos saber distinguir entre actos pecaminosos y
sentimientos inapropiados o predisposiciones potencialmente peligrosas.
Debemos estar dispuestos a tender una mano de ayuda a las personas que estén
luchando por resistir la tentación. Eso es lo que la Primera Presidencia
hizo en su carta de fecha 14 de noviembre de 1991. Después de reafirmar la
naturaleza pecaminosa de "la fornicación, el adulterio, o el comportamiento
homosexual o lesbiano", la Primera Presidencia agregó:
"Las personas y sus familias que deseen ayuda en estos casos deben buscar el
consejo de su obispo, presidente de rama, de estaca o de distrito.
Recomendamos a los líderes de la Iglesia y a los miembros, que se acerquen
con amor y comprensión a esas personas que luchan con estos problemas.
Muchas responderán al amor cristiano y al consejo inspirado al recibir la
invitación a regresar y a aplicar el poder expiatorio y sanador del Salvador
(véase Isaías 53:4--5; Mosíah 4:2--3)."
Asimismo, en un discurso sobre el mismo tema que pronunció en una
conferencia, el presidente Gordon B. Hinckley dijo: "Ahora quisiera recalcar
que nuestra preocupación por el fruto amargo del pecado va acompañada de
mucha compasión por sus víctimas, tanto inocentes como culpables. Defendemos
el ejemplo del Señor, quien condenó el pecado pero amó al pecador. Debemos
acercarnos con bondad y consuelo a los afligidos, atendiendo a sus
necesidades y ayudándolos con sus problemas".19
No obstante las invitaciones y las palabras de consuelo como ésas, la
Iglesia y sus miembros continúan siendo víctimas de malentendidos en cuanto
a nuestra posición en estos asuntos. El año pasado, durante una entrevista
por televisión, un reportero le preguntó a uno de los oficiales de la
Iglesia: "¿Qué está haciendo la Iglesia para tratar de poner punto final a
la atmósfera de odio hacia los homosexuales?" Hace nueve años, durante una
entrevista por televisión sobre este tema, se me hicieron preguntas en
cuanto a informes de que la Iglesia enseñaba o daba por sentado "que, de
alguna forma, estas personas eran parias... que estas personas se odiaban a
sí mismas y que esta actitud era culpa de la Iglesia".
Y lo que es más importante, también recibimos preguntas similares de
miembros fieles de la Iglesia. Una carta reciente nos sirve para ilustrar
este punto:
"Otra cosa que nos preocupa es que se catalogue a nuestros hijos e hijas
como personas que practican un comportamiento anormal y lujurioso. Tal vez
algunos lo hagan, pero la mayoría no lo hace. Lo único que estos jovencitos
y jovencitas desean es sobrevivir, llevar una vida espiritual y permanecer
cerca de su familia y de la Iglesia. Es especialmente perjudicial cuando
estas referencias negativas provienen desde el púlpito. Creemos que para lo
único que sirve ese tipo de sermones es para causar más depresión y gran
culpabilidad, vergüenza y destrucción del amor propio, cosas que han tenido
que soportar durante toda su vida. A veces hay una verdadera carencia de la
expresión del amor puro de Cristo para ayudarlos a superar sus tribulaciones.
Mucho les agradeceríamos cualquier cosa que pudieran hacer para ayudar en la
difícil situación de estos hijos de nuestro Padre Celestial a quienes no se
les comprende. Si algunas de las Autoridades Generales fueran más sensibles
a este problema, ciertamente se evitarían los suicidios y los
distanciamientos que surgen en las familias. Muchos simplemente no pueden
tolerar el hecho de que los miembros de la Iglesia los consideren como
‘personas inicuas’, y es por eso que se refugian en los estilos de vida
homosexuales".20
Este tipo de información pone de manifiesto la necesidad de mejorar la forma
de comunicarnos con nuestros hermanos y hermanas que luchan con problemas,
con toda clase de problemas. Todo miembro de la Iglesia de Cristo dispone de
la bien definida responsabilidad doctrinal de demostrar amor, prestar ayuda
y manifestar comprensión. Tanto los pecadores como aquellos que se esfuerzan
por resistir sentimientos indebidos, no son personas a las que se les deba
echar fuera, sino gente a la que se le debe amar y ayudar (véase 3 Nefi
18:22--23, 30, 32). Al mismo tiempo, los líderes y los miembros de la
Iglesia no pueden evadir su responsabilidad de enseñar principios y
comportamiento correctos (en todos los aspectos), aun si ello es algo
incómodo para algunas personas.
A los líderes de la Iglesia a veces se les pregunta si hay un lugar en La
Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para personas con
predisposiciones o sentimientos homosexuales o lesbianos. Naturalmente que
sí. El grado de dificultad y el procedimiento necesario para abstenerse de
ese comportamiento y dominar los pensamientos será diferente para cada
persona, pero el mensaje de esperanza y la mano de amistad que tiende la
Iglesia son los mismos para todos los que se esfuercen por lograrlo.
En la respuesta que le di al reportero de la televisión que dijo que la
Iglesia enseñaba que esas personas eran unos parias, traté de describir las
distinciones principales; le dije:
"La persona que esté esforzándose por resistir esas tendencias no debe
sentirse un paria. Pero una cosa muy diferente son las relaciones sexuales
fuera de los vínculos del matrimonio. La persona que participe en esa clase
de actos bien debería sentir culpabilidad; debería sentirse apartada de Dios,
quien ha dado mandamientos contra esa clase de conducta. No me sorprende que
esa persona se sienta separada de su iglesia. Lo que me sorprende es que
piense que la Iglesia puede revocar los mandamientos de Dios... Con la mujer
que fue sorprendida en adulterio (lo cual establece un buen precedente para
nosotros)... [el Salvador] fue misericordioso y caritativo... pero Él le
dijo: ‘Vete y no peques más’. Él amaba al pecador, mas condenaba el pecado.
Creo que la Iglesia hace lo mismo, tal vez de manera un tanto imperfecta,
pero eso es lo que enseñamos a nuestros miembros: amar al pecador y condenar
el pecado".21
Las penas de aquellos que luchan contra la atracción hacia personas del
mismo sexo no son únicas. Hay muchas clases de tentaciones: las sexuales y
las de otras índoles. El deber de oponer resistencia al pecado se aplica a
todas ellas.
La ayuda más importante que la Iglesia puede ofrecer a las personas que
hayan sucumbido al pecado o a las que se estén esforzando por resistirlo, es
cumplir su divina misión de enseñar la doctrina verdadera y administrar las
ordenanzas divinas del evangelio restaurado. El evangelio se aplica de igual
forma a todos; su verdad primordial es la expiación y la resurrección de
nuestro Salvador, las cuales Él llevó a cabo a fin de que obtuviésemos la
inmortalidad y la vida eterna. Con objeto de lograr esa finalidad, la meta
divina y prescrita para todo hijo de Dios es el matrimonio eterno, en esta
vida o en la vida venidera. Sin embargo, esta meta sagrada ha de lograrse a
la manera del Señor. Por ejemplo, el presidente Gordon B. Hinckley ha
declarado que el "matrimonio no debe considerarse como un paso terapéutico
para resolver problemas como las inclinaciones o [las] prácticas
homosexuales".22
Las personas que se esfuercen por luchar contra las tentaciones pueden
obtener ayuda por medio de Cristo y de Su Iglesia. Esa ayuda se recibe
mediante el ayuno y la oración, las verdades del evangelio, la asistencia a
la Iglesia, el servicio que se preste en ella, el consejo de líderes
inspirados, y, siempre y cuando sea necesario, mediante la ayuda profesional
en lo que respecte a asuntos que lo precisen. Otra importante fuente de
ayuda es la influencia fortalecedora de hermanos y hermanas cariñosos. Todos
debemos comprender que las personas (y los parientes de ellas) que luchen
con la carga de la atracción hacia personas del mismo sexo tienen la
necesidad especial de recibir afecto y aliento, lo cual es claramente una
responsabilidad de los miembros de la Iglesia, quienes han hecho el convenio
de estar dispuestos "a llevar las cargas los unos de los otros" (Mosíah
18:8) "y cumplir] así la ley de Cristo" (Gálatas 6:2).
El primer principio del evangelio es fe en el Señor Jesucristo, quien nos
concede la luz y la fortaleza para superar los obstáculos de la vida
terrenal y utilizar nuestro albedrío divino para elegir el comportamiento
que nos conducirá a nuestro destino divino. Se nos ha hecho la promesa: "No
os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios,
que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará
también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar" (1
Corintios 10:13).
CONCLUSIÓN
Las diversas perspectivas de la evidencia científica y de la doctrina
religiosa se asemejan a la diferencia que existe entre el estudiar en cuanto
a un automóvil al observar su funcionamiento y desmontar y analizar las
diferentes partes y el leer el manual del conductor escrito por el
fabricante. Es mucho lo que, en el mencionado caso, se puede aprender por la
observación y el análisis, pero ese método brindará únicamente un
conocimiento parcial del funcionamiento y de la potencia del motor; el
conocimiento mejor y más completo acerca de la operación y del potencial de
dicho motor se obtendrá al estudiar el manual escrito por el fabricante. El
manual para nuestro cuerpo y nuestra alma son las Escrituras, escritas por
el Dios que nos creó, e interpretadas por Sus profetas. Ésas son las mejores
fuentes de conocimiento en cuanto al propósito de la vida, así como al
comportamiento y a los pensamientos que debemos cultivar a fin de vivir
felices y lograr nuestro destino eterno.
Todos los que luchen con los retos de la vida terrenal hallarán solaz en el
lamento del salmo de Nefi: "...¡Oh, miserable hombre que soy! Sí, mi corazón
se entristece a causa de mi carne. Mi alma se aflige a causa de mis
iniquidades.
"Me veo circundado a causa de las tentaciones y pecados que tan fácilmente
me asedian" (2 Nefi 4:17--18).
A fin de tener la voluntad y la fortaleza para resistir el pecado, debemos
confiar en Dios y suplicar Su ayuda. Nefi se regocijó en el Señor, quien lo
había apoyado y guiado en sus aflicciones (véase el versículo 20). "...¿por
qué he de ceder al pecado a causa de mi carne?", preguntó Nefi (versículo
27), y añadió una oración para que el Señor redimiera su alma y lo hiciera
temblar "al aparecer el pecado" (versículo 31).
Nefi concluye con las palabras que pueden poner en práctica las personas que
procuren buscar el camino a través de las dificultades que se han tratado en
este artículo:
"¡Oh Señor, en ti he puesto mi confianza, y en ti confiaré para siempre! No
pondré mi confianza en el brazo de la carne; porque sé que maldito es aquel
que confía en el brazo de la carne. Sí, maldito es aquel que pone su
confianza en el hombre, o hace de la carne su brazo.
"Sí, sé que Dios dará liberalmente a quien pida" (versículos 34--35).
Aquel que nos ha mandado ser perfectos ha derramado Su sangre con el fin de
proporcionarnos la oportunidad de lograr nuestro destino divino. La
confianza que Él tiene en nuestra capacidad para alcanzar la vida eterna se
pone de manifiesto en las palabras de Su maravillosa invitación: "...¿qué
clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy" (3 Nefi
27:27).
NOTAS DEL ARTÍCULO "LA ATRACCIÓN ENTRE PERSONAS DEL MISMO SEXO", POR EL
ÉLDER DALLIN H. OAKS.
1. Doctrina del Evangelio, págs. 302--303.
2. Véase la declaración de la Primera Presidencia, 31 de enero de 1912;
publicada en Improvement Era, marzo de 1912, pág. 417; véase también
Millennial Star, 24 de agosto de 1922, pág. 539.
3. Véase Lorenzo Snow, Millennial Star, 31 de agosto de 1899, pág. 547; tema
analizado en el libro de Dallin H. Oaks, Pure in Heart (Salt Lake City:
Bookcraft, 1988), págs. 61--62.
4. Carta de la Primera Presidencia, 14 de noviembre de 1991.
5. Véase D. y C. 76; tema del discurso de Dallin H. Oaks "La apostasía y la
restauración", Liahona, julio de 1995, pág. 95.
6. "An Easter Greeting from the First Presidency", Church News, 15 de abril
de 1995, pág. 1.
7. "Free Agency and Freedom", Universidad Brigham Young 1987--1988
Devotional and Fireside Speeches (Provo: BYU Publications, 1988), págs.
46--47; la versión revisada que aparece aquí se encuentra en: Monte S. Nyman
y Charles D. Tate, hijo, editores, The Book of Mormon: Second Nephi, The
Doctrinal Structure (Provo: BYU Religious Studies Center, 1989), págs.
14--15.
8. R. C. Lewontin y otros, Not in Our Genes (Nueva York: Pantheon Books,
1984); R. Hubbard y E. Wald, Exploding the Gene Myth (Boston: Beacon Press,
1993).
9. R. C. Friedman y J. Downey, "Neurobiology and Sexual Orientation: Current
Relationships", Journal of Neuropsychiatry 5 (1993): 149.
10. Ibíd.
11. J. M. Bailey y R. C. Pillard, "A Genetic Study of Male Sexual
Orientarion", Archives of General Psychiatry 48 (1991): 1090--96.
12. J. M. Bailey, R. C. Pillard y otros, "Heritable Factors Influence Sexual
Orientation in Women", Archives of General Psychiatry 50 (1993): 217--223.
13. D. Hamer y P. Copeland, The Science of Desire (Nueva York: Simon &
Schuster, 1994), pág. 218.
14. W. Byne y B. Parsons, "Human Sexual Orientation: The Biologic Theories
Reappraised", Archives of General Psychiatry 50 (1993): 228.
15. Dean Hamer y otros, "A Linkage Between DNA Markers on the X Chromosome
and Male Sexual Orientation", Science 261 (16 de julio de 1993): 321--327.
16. The Science of Desire, págs. 145--46.
17. W. Byne, "The Biological Evidence Challenged", Scientific American, mayo
de 1994, págs. 50, 55.
18. Byne y Parsons, "Human Sexual Orientation", págs. 236--237.
19. "La reverencia y la moralidad", Liahona, julio de 1987, pág. 44.
20. Carta dirigida a Dallin H. Oaks, 3 de septiembre de 1994.
21. Entrevista por televisión con el élder Dallin H. Oaks, 3 de diciembre de
1986; extractos impresos en "Apostle Reaffirms Church's Position on
Homosexuality", Church News, 14 de febrero de 1987, págs. 10, 12.
22. "La reverencia y la moralidad", Liahona, julio de 1987, pág. 44.
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